
Desgraciadamente, el bicentenario de nuestra patria será recordado con la dócil actitud del presidente hacia su “querido rey” emérito Juan Carlos de Borbón, invitado especial para la ceremonia. Mauricio Macri ha preferido rendir honores a aquella corona de la cual nos independizamos hace 200 años antes que conmemorar tan significativa fecha con los mandatarios de los pueblos latinoamericanos, con quienes nos hermana el sacrificio que implicó derrotar al colonialismo español. Salvo Macri (y el gobernador tucumano Manzur) nadie se prestó para esa nefasta foto.
Sin embargo, el contenido reaccionario que el gobierno le dio a la conmemoración no se reduce a una frase o un hecho. Lo atravesó todo.
Relato M
El presidente habló primero en Humahuaca el viernes 8 de julio por la noche. Allí recordó su cierre de campaña y ensayó el discurso, que repetiría al otro día –con algún que otro agregado– en las puertas de la Casa Histórica de Tucumán.
Macri no eligió destacar el Éxodo Jujeño, ni la histórica batalla de Tucumán que en 1812 frenó el avance realista –librada a pocas cuadras de donde dio el discurso–, ni a los líderes revolucionarios –como Belgrano, Güemes o San Martín– que incitaron aquella Declaración de Independencia frente a los vacilantes y los traidores –como algunos oligarcas salteños que en un momento acordaron con los españoles y proclamaron la destitución de Güemes como gobernador de Salta–. En cambio, opinó sobre lo que habrían sentido los protagonistas del Congreso de Tucumán:
“Claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España. Porque nunca es fácil. No fue fácil en ese momento ni es fácil hoy, asumir ser independiente, asumir ser libres. Porque eso conlleva una responsabilidad.”
Angustia “de separarse de España”… Como si la independencia hubiera sido algo así como el tránsito de una nación adolescente a su adultez, que al madurar deja la tutela de su padre. Entonces, claro, ¡¿cómo no invitar al “padre” Borbón a su cumpleaños?!
Pero –para citar un caso– la “angustia” de San Martín era otra: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia!”, escribió en aquel entonces. Y seguramente había preocupación porque si la revolución era derrotada, las tropas del tátara-tátara-abuelo del invitado de honor de Macri iban a pasar a degüello a sus líderes –tal como hicieron con Tupac Amaru en 1780 y con el levantamiento de Chiquisaca y La Paz en 1809–.
Entonces la posición de Macri parecería justificar a quiénes dudaron en aquella histórica declaración independentista –o incluso a quienes ensayaron algún acuerdo con los colonialistas–. Y coincide con los oligárquicos festejos del centenario de la Revolución de Mayo en 1910 cuando fue invitada nada más y nada menos que la Infanta Isabel de Borbón y Bordón.
La angustia macrista
Como aderezo del postre (nada rico por cierto)… ¿qué sería tener “responsabilidad”? Nada más y nada menos que ¡pagar el tarifazo! Doscientos años de independencia para escuchar junto al recuerdo de nuestra Revolución de Independencia que no había otra “alternativa” que subir con suerte 400% las boletas:
“Dada la precariedad tuvimos que tomar muchísimas decisiones difíciles. Me dolieron. Pero si hubiese habido una alternativa para no tomarlas, la hubiese tomado. Pero no existía.”
Entonces, tras beneficiar a las mineras y a los grandes grupos agro-exportadores, la única opción sería que el pueblo pague mes a mes en abultadas facturas la alegría de monopolios y terratenientes. Luego, con su usual dosis de cinismo, Macri remató:
“Ser independientes significa ser responsables y solidarios. Aprendamos a consumir la menor cantidad de energía posible. No es culpa de ustedes, fue culpa de una mala política que nos llevó a darnos cuenta que al consumir de esta manera dañamos el medio ambiente.”
¡Hete ahí el mensaje que les faltó poner luego de “nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli y de toda otra nación extranjera”!
Y como frutillita final: “Viva la Patria y el amor”, cerró. A esta altura queda claro que el discurso es más que una mera banalización de la revolución. Es una expresión de las clases dominantes que necesitan quitarle su real contenido a nuestra historia emancipadora. Porque lo que les interesa es seguir haciendo negocios con los imperialismos, sobre las espaldas del pueblo. Desde esta lógica priorizan los invitados borbones y, como hizo el ministro de Educación Esteban Bullrich, terminan festejando el 9 de Julio argentino ¡junto al 4 de julio yanqui!





