En 1910, la oligarquía argentina, en el apogeo de su proyecto de “Argentina granero del mundo”, preparó la conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo. Para esto organizó grandes desfiles y una exposición universal, y se mandaron invitaciones a todos los reyes y gobernantes del mundo. En representación de la Corona de España aceptó la infanta Isabel, una miembro de la aristocracia de segunda línea. Cualquier parecido con la conmemoración macrista del Bicentenario no es pura coincidencia. No hemos logrado verificar si el entonces presidente Figueroa Alcorta hizo gala de un cipayismo comparable al de Macri llamando a Isabel “querida infanta”, como este llamó “querido rey” a Juan Carlos de Borbón… Probablemente…
Lo que sí sucedió fue que la imagen de progreso, prosperidad y grandeza que los oligarcas argentinos quisieron mostrar al mundo se vio “lamentablemente” opacada por la emergencia de la realidad profunda de nuestro país: las masas obreras explotadas y oprimidas. El movimiento obrero con sus centrales CORA y FORA lanzó una huelga general para la semana de mayo y, aprovechando los planteos de “libertad”, reclamó la liberación de todos los presos políticos, entre ellos Simón Radowitzky: el militante que había vengado a los muertos de la Semana de Enero de 1909 poniéndole una bomba al jefe de Policía, Ramón Falcón. En pleno discurso presidencial, un sabotaje obrero dejó sin luz a los festejos.
Figueroa Alcorta tuvo que dictar el Estado de Sitio, grupos reaccionarios atacaron locales y bibliotecas obreras, hubo 2.000 trabajadores detenidos, cien deportados, etc. Y tras estos hechos el Congreso sancionó la “Ley de Defensa Social”, que endurecía las restricciones y penas a las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores, incluyendo la pena de muerte. ¿Será que al macrismo también le gustaría seguir este ejemplo de su admirada oligarquía? Probablemente…






