Cristina Fernández de Kirchner sostuvo a César Milani al frente del Ejército durante dos años a pesar de las denuncias en su contra. En julio de 2013 firmó su nombramiento incluso cuando hasta el CELS cambió su postura y pasó a impugnarlo. Y si en junio de 2015 fue pasado a retiro, fue simplemente porque buscó evitar que las denuncias contra el entonces Jefe del Ejército sean parte de la campaña electoral.
Ahora, la detención del teniente general y el silencio hermético de “la Jefa” han generado un déjà vu de desconcierto en el kirchnerismo. Algunos han expresado una retardada y tibia celebración. Otros han reproducido ese silencio. Y hasta hubo también quién ensayó una fallida defensa, como su socio Guillermo Moreno que nos recordó la lamentable foto de Hebe Bonafini con el teniente general.
Ha sido y es un costo enorme para una fuerza que ha buscado desde el inicio de su gobierno acumular políticamente con los juicios contra los genocidas. ¿Por qué lo ha sostenido a cualquier costo?
Seguramente existen varias razones. Pero hay una que se destaca por su propio peso y se ha hecho más evidente tras quedar expuesta la pelea frontal con el servicio Stiuso: su necesidad de armar su propia red de espionaje. Por eso no eligió a cualquiera: eligió a un militar que ya venía desarrollando actividades de inteligencia… ¡desde la dictadura! Según su propio currículum ha sido parte del equipo de inteligencia del nefasto Batallón 601 desde 1984, lo que no es más que un blanqueo de la función que ya venía ejerciendo.
Es impensable que CFK haya depositado alguna vez la conducción real del aparato de inteligencia en el “boludo” de Oscar Parrilli –según sus propias palabras–. Entonces se encargó de destinarle a la estructura bajo el mando de Milani jugosas partidas presupuestarias, empezando en 2013 con una reasignación de 1325 millones de pesos para equipamiento y lo que sea necesario.
Luego vino la dudosa muerte del fiscal Nisman, la desestructuración de la SIDE para rearmarse en la AFI bajo otros mandos, el “exilio” de Stiuso, y toda una guerra de espías que no es otra cosa que la expresión de disputas entre distintos sectores dentro de las clases dominantes. Mientras, se reafirmaba también la política de espionaje e infiltración a organizaciones populares, como Proyecto X y la aprobación de la Ley Antiterrorista. En esto los sucesivos gobiernos no han evidenciado grandes diferencias. Y evidentemente, Cristina Kirchner ha mostrado que para cuestiones que considera estratégicas puede prescindir del maquillaje progresista.





