La “democracia” yanqui asesina a negros y latinos

Prácticamente no pasa semana sin que la “democracia” norteamericana asesine a un joven negro o hispano. La yanqui es una “democracia” eminentemente blanca y racista.

El mismo lunes 27 de abril en que la ciudad de Baltimore (en el estado de Maryland, 60 kilómetros al norte de Washington en la costa este) estallaba en violentas protestas callejeras tras el entierro de Freddie Gray −joven negro de 25 años, muerto el día 19 con la columna vertebral destrozada después de haber sido detenido por el “delito” de mirar de frente a un policía una semana antes−, otro joven negro de 20 años, Terrance Kellom, era asesinado dentro de su casa también por un policía que iba a arrestarlo en Detroit, ciudad industrial norteña próxima a Chicago. Y el miércoles 29 se conoció la muerte, producida el fin de semana anterior, de otro chico de 19 años de origen latino, Héctor Morejón, por balazos de un policía en Long Beach, Los Angeles.

Rebelión y protesta.

El jueves 30/4 en Nueva York cientos de personas se reunieron en la plaza Union Square para protestar contra la muerte de Freddie Gray y en apoyo a los manifestantes de Baltimore. La policía arrestó a más de 60 manifestantes. En Washington la organización National Black United Front (Frente Unido Nacional Negro) llevó a cabo también una manifestación en apoyo a Gray y “a todos aquellos que han sido asesinados por el terrorismo policial”. Otras marchas de protesta en solidaridad con los de Baltimore y contra la brutalidad policial en EEUU se organizaron en Minneapolis y Ferguson, y en Seattle la protesta fue encabezada por la consigna “Ser negro no es delito”. En muchos lugares los manifestantes exhibían en sus camisetas la frase “La vida de los negros también importa”.

Baltimore fue sacudida por una semana entera de manifestaciones violentas. Pese al toque de queda impuesto por la alcaldía de la ciudad, la multitud lanzó piedras a los agentes y destrozó varios patrulleros, se produjeron incendios y rotura de vidrieras. El sábado 2 de mayo unas 10.000 personas participaron en una marcha organizada por la asociación Abogados Negros por la Justicia.

En Detroit la Coalición contra la Brutalidad Policial convocó a todos los afrodescendientes a marchar por el centro de la ciudad, que estuvo patrullado por 5.000 efectivos de la Guardia Nacional y 400 policías.

“Democracia” y “justicia” podridas.

La de Freddie Gray es apenas una de decenas de muertes de jóvenes negros desarmados a manos de policías blancos, en una nueva oleada de discriminación y racismo que ya abarca prácticamente todo el territorio yanqui.

Discriminación y racismo policial y también judicial. En Baltimore, los seis policías involucrados en el asesinato de Gray fueron liberados tras pagar fianzas de 350.000 dólares cada uno. En Detroit, el agente que mató a Kellom no fue despedido: apenas se le dio una “licencia”. La fiscal de la ciudad dijo que “lamentaba lo ocurrido”, pero de hecho justificó el asesinato afirmando que “el trabajo policial a veces requiere el uso de la fuerza letal”.

Una y otra vez en EEUU, a lo largo de los años, la policía practicó asesinatos como éstos. En su mayoría los responsables ni siquiera son acusados. Son miles los casos de abuso y brutalidad contra los negros y contra los jóvenes en general. El “gatillo fácil” es mucho más fácil contra los jóvenes negros y de otras minorías. No pasó tanto tiempo desde agosto de 1914, cuando un policía en Ferguson (Missouri) asesinó al adolescente negro Michael Brown de seis balazos a quemarropa cuando se entregaba desarmado y con las manos levantadas. El brutal asesinato desencadenó protestas masivas en la ciudad de Saint Louis que luego se extendieron a todo el país, incluyendo manifestaciones pacíficas y enfrentamientos violentos de la población negra con la represión, que recrudecieron tres meses después cuando un jurado absolvió al policía acusado. Poco antes, en julio, un grupo de agentes en Nueva York asesinó en la calle por asfixia a Eric Garner, negro, de unos 50 años, por supuesta venta ilegal de cigarrillos. En noviembre un policía de Cleveland mató de un disparo en el estómago a un niño, Tamir Rice, de 12 años, tras darle la voz de alto en un parque.

El lunes 27 de abril, después de días de manifestaciones, la población negra de Baltimore volvió a alzarse en rebelión. Congresistas, autoridades y periodistas pusieron el grito en el cielo contra la “violencia” de los manifestantes, mientras tapaban la violencia que el sistema descarga sobre el pueblo. Obama –el primer presidente negro de EEUU− y el alcalde de la ciudad trataron de demonizar a los jóvenes rebeldes llamándolos “matones”. Se impuso el toque de queda. Pero fue la rebelión generalizada de estudiantes y mucha gente de distintas nacionalidades, en Baltimore y otras ciudades, y el temor de las autoridades de que la chispa de Baltimore se transformara en un incendio nacional, lo que consiguió que el reclamo de justicia fuera oído y que los culpables fueran arrestados.

El “delito”: portación de cara.

El 36% de los presos en EEUU son afrodescendientes, lo mismo que el 37% de los arrestados por consumo de drogas. No se conocen cifras sobre la proporción de negros entre los asesinados por la policía. El argumento de los “agentes del orden” es siempre el mismo: que dispararon “en defensa propia” porque “se sintieron amenazados” por la actitud desafiante de los asesinados, atribuyéndoles a éstos haber estado armados o “parecerlo” (y muchas veces efectivamente les “plantan” armas para justificar el asesinato). El religioso Jamal Bryant de Baltimore dijo en su oración fúnebre: “Freddie Gray ha hecho lo que se ha prohibido a los hombres negros: mirar a los ojos a un policía”.