Revolucionarios

Este es el árbol, el árbol del pueblo, de todos los pueblos, de la libertad, de la lucha
(Pablo Neruda: “Los libertadores”, en Canto General, 1950).

Sin revolucionarios no hay revoluciones. Esa verdad histórica elemental –comprobada en todas las revoluciones sociales de la historia, y ocultada y deformada celosamente por las clases dominantes de toda época– es válida también para la revolución rioplatense que a inicios del siglo XIX terminó con la dominación colonial española. Porque, si bien la historiografía dominante durante mucho tiempo intentó presentar a las revoluciones de independencia como una mera reacción ante un imprevisto hecho externo como fue la caída de la monarquía española, son múltiples los elementos que demuestran que ya previamente existían en el Virreinato del Río de la Plata conspiraciones, organizaciones, levantamientos y acciones revolucionarias de distintos sectores sociales que finalmente encontraron en 1810 la oportunidad para plasmarse en el movimiento revolucionario.

Crisis del orden colonial en una nueva época

El orden colonial impuesto por España y por otras potencias europeas sobre el continente americano se basaba en la más brutal opresión y explotación de las grandes masas de indígenas, esclavos negros, mestizos y criollos pobres, quienes constituían la abrumadora mayoría de la población de estos territorios. De esta manera, durante los tres siglos de dominio colonial se produjeron distintas formas de resistencia, desde huidas masivas hasta grandes rebeliones.

En el siglo XVIII a esto se sumaron las contradicciones de sectores de las elites criollas con el orden colonial de los Borbones españoles, que reforzaron su dominio mediante las llamadas Reformas Borbónicas que desplazaron a los criollos de las posiciones económicas, militares y políticas que habían logrado alcanzar. Así, un sector de los criollos empezó a conspirar, como el caso de Francisco de Miranda en Venezuela –que organizó la logia de la “Gran Reunión Americana”– y distintos grupos que abogaban por la independencia de las colonias. Con estos grupos, por ejemplo, tomaría contacto San Martín en Europa. También las demás potencias colonialistas, como Inglaterra y Francia, empezaron a ver peligrar sus intereses en América.

El otro elemento clave es que, con centro en Europa, ya se había entrado en la época de las revoluciones burguesas, ejemplificadas paradigmáticamente en la Revolución Francesa de 1789. Es la época en que la burguesía y las masas populares se levantaban contra las aristocracias y el sistema feudal, lo que abriría paso a la consolidación y la expansión del sistema capitalista por todo el globo. En 1776 se desató la revolución de independencia norteamericana, que culminaría con la emancipación respecto de Inglaterra. Y en 1790, en el contexto de la Revolución Francesa, se produjo la revolución triunfante en Haití (ver Vamos! Nº 68).

En lo que hace a Sudamérica, en 1780 se levantaron las superexplotadas masas indígenas del Alto Perú comandadas por Tupac Amaru. Exigían el fin de las mitas en las minas, de los tributos, de la esclavitud, pero también con un fuerte contenido anticolonial y de reivindicación incaica. Un ejército indígena de decenas de miles hizo temblar a los virreinatos del Río de la Plata y del Perú hasta que finalmente fue sofocada y ahogada en sangre.

Revoluciones hispanoamericanas

En 1808, cuando Napoleón invadió España y apresó a Fernando VII, la rueda de las revoluciones en las colonias españolas en América empezó a moverse aceleradamente. En distintos puntos de América se conforman juntas de gobierno, en una abierta disputa entre españoles y criollos.

En el Virreinato del Río de la Plata había un antecedente que tendría gran influencia en los acontecimientos de mayo de 1810: la resistencia a las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Inglaterra, la principal potencia por esos años, se lanzó a invadir Buenos Aires y, ante la vergonzosa huída del virrey español Sobremonte, fueron las milicias de criollos y españoles las que resistieron y expulsaron a los ingleses. Esto reconfiguró la correlación de fuerzas militares en el territorio rioplatense, dando fuerza militar directa a sectores criollos. Y también evidenció la voluntad independentista que anidaba. Un capitán inglés expresó a su gobierno: “En breve, estoy convencido que el país está maduro y ansiando una revolución, y está obstinadamente decidido a convertirse en una nación independiente”.

A partir de allí, distintos núcleos de criollos empezaron a organizarse y a conspirar activamente con el objetivo de lograr la independencia. Hubo tentativas de colocar a Carlota de Portugal –hermana de Fernando VII– como una regente “títere”, de sostener a Liniers como virrey contradiciendo las órdenes de España, que envió a Cisneros, etc.

Pero uno de los puntos de inflexión claves sería el levantamiento de 1809 en Chuquisaca y La Paz, en el Alto Perú (hoy Bolivia), al norte del Virreinato del Río de la Plata. Allí un levantamiento criollo conformó la llamada Junta Tuitiva, presidida por Pedro Murillo. En la proclama independentista difundida se expresaba: “Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”. Finalmente, en una acción conjunta de las tropas españolas del Virreinato del Río de la Plata y del Perú, el levantamiento fue reprimido y sus líderes ahorcados y degollados. Para los revolucionarios rioplatenses no solo aparecía un ejemplo de la extensión de la voluntad independentista por todo el Virreinato, sino que también ponía sobre la mesa los riesgos de seguir adelante y los costos de una posible derrota.

La Revolución de Mayo

A la luz de lo descripto anteriormente, los acontecimientos de mayo de 1810 en Buenos Aires cobran un nuevo aspecto. Cuando en España cae la Junta de Sevilla que había asumido la representación de la Corona española, los distintos grupos criollos independentistas pasarán a la ofensiva, obligando a la convocatoria del Cabildo Abierto e imponiendo la destitución del Virrey Cisneros y la conformación de la Primera Junta.

Si esto pudo hacerse en este momento sin un enfrentamiento militar con los españolistas, fue porque la correlación de fuerzas militares en la capital del Virreynato era muy favorable a los criollos. Por eso Beruti en el Cabildo Abierto del 25 de Mayo pudo afirmar: “Señores, esto ya pasa de juguete, no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia ha sido para evitar desastres y la efusión de sangre. El pueblo en cuyo nombre hablamos está armado en los cuarteles, y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz de venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo?”.

Aun así, el 25 de Mayo fue solo el inicio de una revolución y una guerra que duró 14 años hasta la derrota definitiva sobre los españoles. También allí, el rol de los grupos y líderes revolucionarios más consecuentes sería fundamental para el logro final de la independencia.