El ajuste nos hunde en la recesión

Ante el fracaso del plan económico de Cambiemos, que ya llevó a una megadevaluación del 100% en lo que va del año y a una aceleración de la inflación que superará el 40% en 2018, el macrismo corre hacia delante y redobla su receta: sella un nuevo acuerdo con el FMI que, a cambio de financiamiento para aminorar las expectativas de default, se compromete a impulsar el “déficit cero” en 2019.
Con el acuerdo anterior –firmado hace apenas un par de meses– el gobierno nacional se comprometía a un déficit primario de 1,3% del PBI e impulsaba un superajuste en el Presupuesto 2019. Nuestro PBI en 2017 era de 512 mil millones de dólares. Ahora, con el acuerdo de “déficit cero” en 2019, el ajustazo que intentarán deberá cerrar un agujero de 250 mil millones de pesos más.
Al ajuste en el gasto público –que frenará la obra pública y significa más despidos en el Estado– se le suma la caída del salario real frente a una inflación que ya acumula 24% en ocho meses de este año, casi 10% más que las paritarias de 15%. Y aunque lo niegue públicamente, el propio gobierno estimó una inflación total para 2018 de 42%. Es decir, 17% más que las paritarias de 25%. Como consecuencia de esto, el consumo masivo –de bienes de la canasta básica como alimentos, bebidas, tocador y limpieza– se derrumbará casi 5% durante el segundo semestre del año, según publicó incluso el diario La Nación (6/7).
Otra medida adoptada por el gobierno como respuesta a la corrida devaluatoria fue un nuevo aumento de las tasas de interés a un récord de 60%, con la mira puesta en desalentar la demanda de dólares, pero castigando el financiamiento de la inversión productiva y del consumo.
La alícuota de $4 por cada dólar exportado, por un lado, significa retrotraer parcialmente la baja de las retenciones. En la soja pasaría a ser del 18% más esta cifra que ronda el 10% en el tipo de cambio actual (era del 35% hacia 2015). Pero por otra parte, también se impuso una alícuota a productos industriales.
Los refuerzos anunciados para la AUH y otras asistencias sociales con sumas fijas son paliativos que ni siquiera contrarrestan inflación. Así, la pobreza se multiplica en todo el país y crece el hambre.
Todo este escenario está empujando la economía del país a una grave recesión. A fines de agosto, la actividad económica acumulaba tres meses consecutivos de caída y ya habría retrocedido a los niveles de 2014. Por ejemplo, datos del sector automotriz según la Asociación de Concesionarios de Automotores de la República Argentina, indican que en julio hubo una caída interanual de patentamientos del 17%, representando “el peor año del sector desde la crisis de 2002”.
Al fin de cuentas, la crisis evidencia que lo fundamental de la política económica del gobierno no es ni bajar la inflación ni buscar “bases sólidas” para la producción, sino simplemente lograr déficit cero para terminar pagando más y más intereses de deuda externa y sostener como sea el pacto con el FMI.
No fue una “tormenta” externa
En su discurso presidencial del lunes 3, Macri admitió el “retroceso” económico. Pero lo adjudicó a factores externos “que no se podían prever” como las tasas yanquis, su guerra comercial con China, la recesión brasilera, la crisis turca, etc. Sin embargo, detrás de la falta de dólares en la economía nacional está el agravamiento del déficit de la balanza externa de pagos con la política del macrismo. Desde su asunción hasta el primer trimestre de este año, nuestro país acumuló un déficit de 24.400 millones de dólares en el comercio exterior y otros 32.900 millones de dólares que se fugaron entre remisión de utilidades de empresas extranjeras a sus casas matrices e intereses obtenidos por inversiones financieras (datos del Indec).
Este problema ya existía cuando asumió Macri. Pero el problema se transformó en descalabro económico con la apertura indiscriminada de importaciones, desregulación financiera y megaendeudamiento con tasas delirantes –que primero implicó entrada de dólares para luego derivar en fuga descomunal para llevarse esas ganancias–.
Ahora, la fuerte devaluación –que recortó en dólares los salarios argentinos– es presentada como favorable para los grupos exportadores, lo que genera en el gobierno expectativas en mejorar la balanza comercial hacia fin de año. Pero hay numerosos sectores de la economía –particularmente los no monopólicos y los que vuelcan su producción al mercado interno– golpeados por la necesidad de insumos importados –con precios en dólares–, la falta de financiamiento y la caída del consumo. La perspectiva es profundamente recesiva.
Así es como en las proyecciones del gobierno que trascendieron la última semana –sobre las que Dujovne se negó a hacer comentarios bajo la explicación de que provienen de un “material de trabajo, no público” del Ministerio de Hacienda– se prevé, además del 42% de inflación, una caída de la actividad económica de 2,4% para 2018. Aunque según la agencia Moody´s que asesora al capital financiero desde Nueva York: “la caída va a ser mucho más fuerte de lo que se dice. Creemos será del 3% este año” (Ámbito, 7/9). A ciencia cierta, nadie sabe cuánto será la debacle económica.