Crece la tensión entre EEUU y China

Uno de los interrogantes tras la asunción de Joe Biden como presidente de EEUU era cuál sería el tipo de relación que promovería con China, tras el mandato de Donald Trump durante el cual se agudizó la confrontación entre las dos potencias. Los hechos van mostrando que no se trató de un momento coyuntural, sino que el acuerdo EEUU-China, que fue la base del desarrollo del capitalismo imperialista en las últimas tres décadas, entró en un proceso de ruptura.

Breve historia

Desde la restauración capitalista en China, iniciada por Deng Xiaoping en 1978, China fue abriendo sus fronteras al capital extranjero, particularmente de EEUU, que comenzó a instalarse en el gigante asiático. Esto fue posible sobre la base de los enormes avances en el terreno de la industria y la infraestructura logrados durante la construcción socialista (1949-1978). En los noventa, tras la caída del Muro de Berlín, este proceso se multiplicó y China se transformó en la “fábrica del mundo”. Cientos de monopolios, norteamericanos y de otros países, radicaron allí sus industrias y amasaron enormes fortunas sobre la base de la superexplotación de millones de obreros y obreras chinas, muchos de ellos migrantes de zonas agrarias. El vuelco de la producción mundial a China y Asia también empujó para abajo los salarios en todo el mundo, sentando las condiciones para las llamadas reformas neoliberales, antiobreras y antipopulares en todo el planeta. De este modo, la alianza entre EEUU y China fue la base del desarrollo capitalista de la llamada “globalización”.

No obstante, el gobierno chino aprovechó esas inversiones para consolidar monopolios propios. Por ejemplo a través del espionaje industrial para apropiarse de la tecnología extranjera, y para empezar a desplegarse a escala global. Ya en los 2000 se hicieron evidentes las inversiones chinas en distintos países, particulamente dependientes como los de América Latina, y su despliegue como nueva potencia imperialista. A la vez, el déficit comercial de EEUU con China se volvió inmenso. En los últimos diez años todo este proceso se convirtió en una verdadera amenaza a la hegemonía yanqui y comenzaron los choques más abiertos. El gobierno de Barack Obama, hasta 2016, fue el último en priorizar las buenas relaciones con los chinos. Pero ya con Trump, las cosas cambiaron y se desató una guerra comercial y diplomática.

Se consolida una ruptura

En las últimas semanas se produjeron hechos que señalan una agudización de la disputa. En una reunión bilateral llevada a cabo en Anchorage (Alaska) a mediados de marzo, el jefe del Departamento de Estado Anthony Blinken se cruzó en duros términos con su par chino, Yang Jiechi. Blinken acusó a China de “amenazar la estabilidad mundial”, citando entre otros casos la situación de la ex colonia británica Hong Kong. Yang rechazó que EEUU opinara “en nombre de los intereses mundiales”. Blinken agregó más pimienta criticando las violaciones a derechos humanos en China y Yang le contestó subrayando los asesinatos de afroamericanos en EEUU en los últimos años. Por otra parte, el XIV Plan Quinquenal aprobado por el gobierno chino contiene entre sus puntos más destacados el objetivo de “Reducir la interdependencia económica, financiera, comercial y tecnológica con Estados Unidos”.

A la vez, a los dos jugadores principales en el tablero imperialista se deben sumar otros, como Rusia. Por ejemplo, Biden calificó a Vladimir Putin de “asesino” por la muerte del opositor Alexei Navalny y Putin contraatacó: “Quien lo dice lo es”. Poco después se desarrolló la reunión bilateral entre Serguei Lavrov y Wang Yi, que proyectó nuevos acuerdos entre Rusia y China. Por ejemplo, se destacó que en el comercio entre ambas potencias se redujo a la mitad el uso del dólar como moneda de referencia. Finalmente, se profundiza una disputa por Europa, con Inglaterra, principal aliado de EEUU, en proceso de salida de la Unión Europea. China y EEUU tientan a los gobiernos europeos con distintos acuerdos para acercarlos a su esfera de influencia.