La nueva “Ruta de la Seda” de China

En 2013, y en el marco del proyecto de hegemonía mundial que el presidente Xi Jinping llamó el “sueño chino de revitalización nacional”, China comenzó a promover la “Nueva Ruta de la Seda” (o “Iniciativa de la Franja y la Ruta”): un megaproyecto de dos corredores de interconexión de China con Asia, África y Europa, y al que también aspiran a incorporar a América Latina. Básicamente consiste en la construcción de una red de autopistas, puertos, aeropuertos y otras infraestructuras y redes de conexión informática que abarcaría más de medio mundo. Obviamente el gobierno y las corporaciones industriales y financieras de China están en el centro del financiamiento y de la construcción. Pekín ya lleva varios años estableciendo acuerdos, asociaciones y alianzas con países, monopolios imperialistas y empresas de prácticamente todos los continentes.

China propugna la creación de un nuevo orden internacional, una nueva “globalización” que afiance su influencia económica y política. En el marco de la crisis económica internacional iniciada en 2008 y aún no resuelta, el “sueño chino” no se diferencia demasiado del “sueño británico” del siglo 19 ni del “sueño yanqui” del siglo 20: la burguesía monopolista china reedita el camino ya recorrido por otras potencias hegemónicas –o con intención de serlo–. China se ubica así como promotora de la “globalización” o el “libre comercio”, y tienta a las corporaciones de otras grandes potencias –particularmente europeas– y también a las de países del tercer mundo con la expansión de los mercados y con las posibilidades de participación y/o asociación con corporaciones estatales o privadas chinas que depararía la realización de su faraónico proyecto de “la Franja y la Ruta”.

Desde las infraestructuras a la “gobernanza global”

Los efectos de la crisis iniciada en 2008 y la decisión de la dirigencia china de alcanzar una “nueva normalidad” económica, centrada ya no en las exportaciones sino en el mercado interno, lentificaron su crecimiento económico. Pero China sigue siendo la locomotora de la economía mundial: conserva un ritmo de crecimiento del 6% o 7% (muy por encima de EEUU y las potencias europeas), y mantiene su rol mundial de gran comprador de alimentos y materias primas, gran vendedor de bienes industriales y de capital, gran inversor en el extranjero y gran prestamista.

Los imperialistas norteamericanos son conscientes del creciente desplazamiento mundial que padecen sus productos, sus inversiones, sus finanzas y su influencia política a manos del nuevo competidor chino. La consigna “Estados Unidos Primero” de Donald Trump vino a tratar de reponer la hegemonía incontestada que Washington parecía tener en los ‘90. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense -dada a conocer en enero- apunta a China (además de Rusia) como competidor y rival estratégico global. Washington intensifica sus reclamos de “libre navegación” en el Mar del Sur de China mientras teje alianzas con Japón, India y Australia, reeditando la política de “contención” de la Guerra Fría.

Y el imperialismo chino responde. El “sueño chino” se va blindando con la acentuada concentración de poder en manos de Xi Jinping, el lanzamiento del petroyuán desafiando el predominio del dólar, la base militar en Yibuti (África), el “collar de perlas” de puertos comerciales pero con utilidades militares en el Índico, el bordado de la alianza chino-rusa, y la acelerada modernización de sus fuerzas armadas. Así también se explica el alto perfil que viene asumiendo China en sus relaciones internacionales a través de proyectos como el de “la Franja y la Ruta” dirigidos a potenciar su influencia económica, política y estratégica en todo el mundo, y a través de instituciones como la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), los BRICS, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), el Foro China-CELAC, etc., con las que Pekín promueve asociaciones comerciales, financieras y empresariales y… alineamientos políticos.

Por esta importancia estratégica es que el proyecto de la “Nueva Ruta de la Seda” fue incorporado a los propios estatutos del Partido dirigente. El “xiísmo” (de Xi Jinping) busca proyectar una China cada vez más fuerte y más activa en el escenario internacional, consolidando “esferas de influencia” propias y organismos que afirman a China como polo referencial de un nuevo orden mundial multipolar (es decir no sin polos de poder sino uno en el que China se arroga un lugar de privilegio entre las grandes potencias que determinan los destinos del mundo). Con esos instrumentos Pekín va delineando “asociaciones estratégicas” y alianzas políticas que aseguran los intereses que el capital chino necesita cada vez más promover y defender a escala mundial. El académico chino Huang Renwei dijo explícitamente en octubre de 2017: “La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha evolucionado desde las infraestructuras a un sistema global que abarca la economía, la distribución y la administración, ofreciendo tanto el fundamento material como el intangible de una gobernanza global”.

El gobierno de Xi Jinping incluye ya explícitamente a la Argentina en sus estrategias globales, tanto por dentro como por fuera de “la Franja y la Ruta”, secundado por sectores de las oligarquías locales con fuerte peso en el aparato económico y político del Estado nacional y de las provincias y en ámbitos como el académico y la prensa. Igual que en sus tiempos ocurría con las relaciones “especiales” o “privilegiadas” con Gran Bretaña o Estados Unidos, son innumerables los economistas, intelectuales y periodistas que, obnubilados por el poderío de la ascendente potencia china que empieza a hacerle sombra a la decadente hegemonía yanqui, cantan himnos de alabanza a los proyectos y asociaciones con la ascendente China.

Las “asociaciones estratégicas” de América Latina (como la que en la Argentina establecieron los Kirchner en 2004 y reafirmó después Macri) van asentando una densa tramazón de intereses entre las clases dirigentes de la región y la burguesía monopolista china, sembrando así bases objetivas para potenciales reacomodamientos y realineamientos de los países latinoamericanos en el escenario internacional y regional del futuro próximo. Sólo que los yanquis no se cruzarán de brazos frente a China u otros rivales en la región. La larga mano del imperialismo yanqui es visible detrás de la oleada de gobiernos neo-conservadores de los últimos años en América Latina.