Finalmente, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) de Brasil prohibió la candidatura de Lula da Silva para presidente de Brasil. Es la forma que encontraron los sectores que hoy hegemonizan el poder para impedir que sea electo quien encabeza claramente la intensión de votos con el 39% para octubre de este año. La defensa de Lula presentó un recurso ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU, que exhortó a Brasil a tomar las medidas necesarias para que Lula continúe con su candidatura. Pero el TSE rechazó el pedido.
Además de anular la candidatura del ex mandatario, el TSE dio plazo hasta el próximo 11 de septiembre para que el PT elija otro candidato a presidente para las elecciones. Ante esta situación, el PT designó a Fernando Haddad como candidato presidencial. Lula quedó proscripto.
Como si esto fuera poco para mostrar la degradación de la democracia brasilera, circuló un video del fascista Jair Bolsonaro, que sigue en la intención de voto con un 24%, amenazando con fusilar simpatizantes de izquierda.
Como suele ocurrir, este escándalo fue tapado por otro aún mayor: el atentado que dejó internado a Bolsonaro tras recibir una puñalada durante un acto de campaña. Las motivaciones del atacante, la logística que tuvo e incluso el equipo de abogados que posee son incógnitas más que confusas. Lo cierto es que Bolsonaro se ha puesto en el lugar de víctima, algo bastante difícil para alguien que reivindicó públicamente a un coronel torturador en momentos de votar la destitución de la ex mandataria Dilma Russeff. En medio de todo esto, el presidente actual Michel Temer fue abucheado mientras encabezaba su último desfile militar en Brasilia.
Las maniobras inauguradas muestran los fuertes intereses que atraviesan esta elección. Sin lugar a dudas, en el mes que queda hacia la votación se libra una difícil batalla que repercutirá en el contexto latinoamericano.






