El Mar del Sur de China, zona caliente

Los imperialistas yanquis, a través del Secretario de Defensa (jefe del Pentágono) Ashton Carter, decidieron advertir a China su rival imperialista en ascenso que están dispuestos a hacer valer sus intereses estratégicos en Oriente. En la semana que pasó, la Armada estadounidense envió el destructor USS Lassen a la zona de las islas artificiales que Pekín construyó recientemente en las disputadas aguas del Mar del Sur de China (o de China Meridional). Apenas horas después, el mismo jefe militar yanqui visitó el portaaviones norteamericano USS Theodore Roosevelt, cruzando la misma zona de conflicto a bordo de un barco de guerra estadounidense.

Inmediatamente la embajada de China en Washington exigió al gobierno norteamericano que se abstuviera de efectuar «acciones provocadoras» para mantener «la paz y la estabilidad regional».

La disputa imperialista sube la temperatura mundial
Se trata del capítulo más reciente de las muchas tensiones generadas entre Estados Unidos y
China en el último período. La competencia chino-yanqui, que hasta ahora se manifestaba principalmente en el terreno comercial, monetario y de inversión, está empezando aceleradamente a generar fricciones en el plano estratégico-militar. Algunos analistas internacionales estiman que las acciones de EEUU en el mar de China Meridional representan ya una declaración de «guerra blanda» contra Pekín.

El año pasado, utilizando tecnología compleja, el gobierno chino hizo construir varias islas artificiales en aguas del mar de la China Meridional, instalando de hecho posiciones de uso militar en un área atravesada por rutas comerciales, provista de abundantes riquezas naturales, y por cuya soberanía China disputa con Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán, todos ellos aliados estratégicos de Washington.

La Casa Blanca no reconoce la soberanía china en la región. El gobierno chino acusa a Washington de intervenir en disputas regionales e impulsar las tensiones. Precisamente ese archipiélago conflictivo es donde Washington hizo ingresar el buque de guerra USS Lassen.

El miércoles 4 de noviembre, la tercera reunión ampliada de los ministros de Defensa de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste de Asia), realizada en Malasia y que incluyó los 10 países miembros de la organización más otros 8 países «amigos» Australia, China, India, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Rusia y Estados Unidos, promovió el reclamo de «libre navegación», pero no logró adoptar una declaración conjunta. Es comprensible: EEUU y sus aliados reclamaron que la llamada «libre navegación» incluyera la zona en disputa en el mar de la China Meridional, pero China denunció la propuesta como producto de la injerencia yanqui y bloqueó la declaración.

El ministro de Defensa chino, Chang Wanquan, aseguró que allí «no existe ningún problema para navegar libremente», y que «este asunto no debe convertirse en un pretexto para realizar provocaciones». También exigió a Japón aliado militar de EEUU que se abstenga de intervenir en la disputa territorial en el Mar de China Meridional, ya que Tokio no es parte del conflicto. Japón y China disputan por las Islas Senkaku (que los chinos llaman Diaoyutai) en el Mar de China Oriental, pero Tokio no es parte del conflicto por las Islas Spratly y Paracel (en el mar de la China Meridional) que enfrenta a China con Vietnam, Taiwán, Malasia, Filipinas, Brunei y EEUU.

¿Para qué se preparan?
En los últimos días de octubre y hasta los primeros de noviembre, los ejercicios militares de la OTAN llamados Trident Juncture 2015 realizados en territorio de España, Portugal e Italia reunieron nada menos que 36.000 militares de 30 países (incluidos Austria y Suecia, que no son miembros de la OTAN), 140 aviones y 90 barcos y submarinos.

Como señaló el general yanqui Ben Hodges, comandante de las fuerzas de EEUU en Europa, los ejercicios Trident Juncture 2015 son parte de la política de la OTAN para «contener» a Rusia. El concepto de «contención» evoca la política yanqui durante la «Guerra fría» entre 1945 y 1990, primero contra la URSS todavía socialista y a partir de los ’60 contra la URSS nuevamente capitalista y convertida en «la otra» superpotencia imperialista. «Espero que Moscú esté mirando estos ejercicios», advirtió Hodges.

Según los dirigentes de la organización imperialista atlántica, son las acciones rusas de los últimos dos años por ejemplo la provisión de armamento a las guerrillas prorrusas de Ucrania las que hicieron que la OTAN empezara a cambiar su estrategia. Las recientes maniobras militares debían demostrar «la preparación política y la capacidad de los miembros de la alianza de actuar conjuntamente» (contra Rusia).

Desde el otro lado, el representante permanente de Rusia en la OTAN, Alexandr Grushko, denunció esa política de «contención» de Rusia por parte de esa organización. El representante ruso recordó lo que consideró los «buenos tiempos» en que la OTAN y Rusia colaboraban para repartirse el dominio de Afganistán, para luchar contra la piratería marítima, y hasta en el intercambio de datos sobre «amenazas terroristas». Pero «hoy dijo, toda la máquina de la OTAN está dándose vuelta en contra del Este, es decir, regresa a sus inicios». Y advirtió a su vez: «Rusia tendrá en cuenta las acciones de la OTAN, incluyendo el despliegue de sus nuevas fuerzas cerca de la frontera rusa».

Los yanquis y sus socios toman debida nota de la acelerada modernización de la maquinaría bélica del Kremlin, recientemente demostrada en Siria en sus certeros bombardeos no sólo contra los campamentos de Estado Islámico sino también –según denuncia EEUU– contra la oposición siria respaldada por ellos. No en vano el jefe del Estado Mayor del Ejército norteamericano, el general Mark Milley, afirmó esta semana que «Rusia es el único país del mundo que cuenta con la capacidad nuclear suficiente para destruir a Estados Unidos». Al fin de cuentas, los imperialismos llevan a la guerra como la nube a la tormenta.

Aviones rusos en Siria
En estos días el Ministerio ruso de Defensa publicó en su cuenta de YouTube un video que muestra un bombardeo de alta precisión llevado a cabo por las Fuerzas Aéreas rusas contra una posición fortificada de «Estado Islámico» en la provincia siria de Alepo. En dos días los aviones rusos en Siria totalizaron más de 80 vuelos y atacaron más de 260 objetivos «terroristas» (bajo esta denominación los rusos incluirían no sólo a ISIS sino también a los grupos armados que combaten al gobierno de Bashar Al Assad, aliado de Moscú).

En este marco son comprensibles las sospechas del gobierno ruso de que la caída la semana pasada de un avión ruso en territorio egipcio (que provocó la muerte de más de 220 personas) no se debiera a fallas mecánicas sino a un misil tierra-aire disparado por la organización ISIS, según denuncian provisto por los yanquis.

Pero la tensión entre EEUU y Rusia llega más lejos aun. «Es alentador escuchar las estimaciones tan realistas que dan los comandantes estadounidenses sobre nuestra fuerza de disuasión nuclear», dijo con sorna el experto geopolítico ruso Mijaíl Alexándrov. Desde el 2000 y bajo el liderazgo de Vladimir Putin, Rusia se lanzó a una frenética carrera por reconstruir su anterior poderío económico, político y militar y salir a la palestra mundial en procura de una nueva posición hegemónica en el mundo, ahora respaldándose cada vez más en la alianza que viene tejiendo con Pekín.