El imperialismo yanqui recalcula

Más allá de las consideraciones que se puedan hacer sobre lo reñido de la elección y las curiosidades del sistema electoral estadounidense, el hecho es que el xenófobo Donald Trump supo captar un amplio descontento de la población que tiene base en una economía que sigue sin remontar. Habiendo sido epicentro de la crisis del 2008, la economía de los EEUU se caracteriza hoy por una lenta recuperación, con tasas de crecimiento de apenas el 2%: recuperación aún más lenta que la posterior a la década de 1930. Y estamos hablando de la principal potencia imperialista mundial.

Desde principios del 2001 hasta la fecha se han perdido más de cinco millones de empleos industriales, que en alguna medida se han reconvertido en el sector de servicios. Entre 2006 y 2014 cerraron 63.000 fábricas: un 15% del total. Esta dura realidad puede verse en barrios enteros que han quedado abandonados, en la creciente miseria social y también en la heroína que hace estragos en los cinturones industriales del país. La mortalidad entre los más pobres es similar a la de Sudán o Pakistán.

Pero a los ricos no les fue tan mal: según datos oficiales, mientras los ingresos entre los más pobres descendieron el 17% y en las clases medias el 10%, las ganancias del 1% más rico se incrementaron un 156% (Harvard Gazete, 1/2/2016). Y mientras tanto, la deuda pública norteamericana se triplicó en la última década, superando el 100% de su PBI, deuda que en gran medida fue emitida para “salvar” de la crisis a los bancos y para la localización de monopolios yanquis en otras partes del mundo. Esto último fue señalado no sólo por Trump sino incluso por el precandidato demócrata Bernie Sanders.

Es entonces esta realidad social la que explica en gran medida la pérdida de 10 millones votos de los demócratas en estos últimos ocho años respecto a la primera elección de Barack Obama. En el voto castigo Hillary Clinton se expresaron en gran medida los millones de trabajadores que perdieron el trabajo y otro tanto que perdieron su casa por hipotecas, y en muchos casos sus jubilaciones. El rescate de la seguridad social que implementó Obama no alcanzó para dar vuelta el resultado, ya que solo llegó a 24 millones de beneficiados de un total de 55 millones. Adornada de frases huecas, a Hillary Clinton tampoco le bastó el público respaldo de ex presidentes, empresarios, artistas, medios, encuestas, etc. Clinton subestimó primero cuánto podía Sanders canalizar el descontento y, luego, a Trump.

Una muestra de la desazón ante la dicotomía electoral la expresó incluso el actor-director Mel Gibson al argumentar por qué no votaría a ninguno: «Lo bueno es que la contienda electoral está a punto de acabar, lo malo es que uno de los dos candidatos ganará». ¡Qué difícil elegir el “mal menor” entre un republicano facista y una demócrata enchastrada con la sangre de cuanto país pudieron invadir!

¿Qué significa «Hacer grande a Estados Unidos»?

Para captar este descontento Trump apeló a las frases chauvinistas de “los valores norteamericanos” pero también paradójicamente contra Washington, “la política” y la patética imagen de Hillary acompañada por Bill Clinton. Su eje propagandístico “Volver a hacer grande a Estados Unidos” sintetizó dos objetivos: recuperar el rol hegemónico e indisputado como superpotencia imperialista, y a la vez responsabilizar al gobierno de Obama-Clinton por el relativo declive de esa hegemonía y por los inocultables problemas dentro del país.

El discurso de Trump declamó “pensar” más en los trabajadores americanos puertas para adentro y se propuso elevar los aranceles a las importaciones para proteger la industria local, centralmente ante el ingreso de productos chinos. Pero junto con esto exacerbó los chauvinismos de una parte de los trabajadores industriales blancos, cansados de ser chantajeados en sus casas matrices por la mano de obra barata en los países dependientes donde están las sucursales de esos monopolios industriales. Desde esta lógica lanzó su propuesta de deportación masiva de inmigrantes indocumentados, o que México pague la construcción de un muro en la frontera, apuntalando la xenofobia hacia los latinos que llegan en masa atrabajar con sueldos más bajos y más flexibilizados.

Ante el racismo y la misoginia anunciada, ya se han producido manifestaciones de repudio en al menos 15 ciudades.

Punto de inflexión

Con el triunfo de Trump se forzó un replanteo de la política de Estado del imperialismo yanqui; no sólo en el plano económico interno sino especialmente en el plano internacional y también militar. Por un lado, se produce un punto de inflexión en una relación de décadas de acuerdos entre EEUU y China, que venía recibiendo –como otros países orientales– importantes inversiones para localización de grandes industrias a cambio de ingresos de manufacturas chinas y del sudeste asiático, lo mismo que México. Por otro lado, se ponen en jaque los largamente promovidos acuerdos de libre comercio.

En campaña, Trump acusó a China por la pérdida de empleos en Estados Unidos y planteó imponerle un arancel del 45%. Desde esa posición se mostró proclive a mejorar las relaciones con Rusia. “Creo que tendré muy, muy buenas relaciones con Putin, y creo que tendré muy, muy buenas relaciones con Rusia”, expresó (7/9/2016). También señaló una política distinta en Medio Oriente, al afirmar que si “Putin quiere ir a Siria y expulsar de allí a Daesh [ISIS], lo apoyo al 100%. No entiendo por qué alguien puede estar en contra” (10/11/2015).

También rechazó el Tratado Transpacífico (TTP) y planteó renegociar los términos del TLCAN (o NAFTA, en inglés) con México y Canadá, que según sus críticos motiva un déficit comercial estadounidense de más de 50.000 millones de dólares. También rechazó el acuerdo con Cuba. Y hasta propuso la disminución del aporte yanqui a la OTAN.

En verdad, todos estos replanteos en campaña para la primera potencia imperialista mundial tienen base en la situación de largo estancamiento del capitalismo imperialista a nivel mundial. Fue en este contexto de crisis que los monopolios en ciudades industriales dieron asueto a sus trabajadores para que concurran a votar. En esas ciudades ganó Donald Trump. De manera semejante en Inglaterra pasó lo mismo con el Brexit, donde los trabajadores del norte industrializado de Inglaterra fueron fundamentales en aquel plebiscito. Ahora, que se vayan a concretar tales anuncios, ya no dependerán solo de Trump sino del consenso de las clases dominantes estadounidense que controla el Estado. Lo que es seguro es que la Casa Blanca quedó obligada a replantearse las cosas.

¿Y por casa cómo andamos?

Desde nuestro país, el gobierno macrista se jugó al todo o nada por que Clinton sea electa. El resultado está a la vista. Es que Macri aspiraba a acelerar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos que fortalezca las exportaciones de productos primarios o de bajo valor agregado. Su esperanza “salvadora” parece haberse desmoronado.

Quien no pudo ocultar su alegría ante la desgracia de su contrincante fue la ex presidenta CFK. Tan exultante que pasó a hablar de que “el mundo está abandonando las políticas neoliberales” y hasta relativizó las acusaciones contra Trump al afirmar: “No hubo un voto racista, no caigamos en los estereotipos”. Entonces concluyó que “lo maravilloso de esta elección es que el pueblo de los Estados Unidos votó de acuerdo a lo que está sintiendo económicamente”. En fin… con las “maravillas” que encuentra CFK, le da pasto a los que pasaron a decir que Trump es lo que más se parece al peronismo.

Hacia dentro de Estados Unidos y en el plano internacional, habrá que ver qué de la campaña de Trump se transformará en hechos de gobierno. Pero, en el mejor de los casos –y omitiendo su tremendo desprecio hacia los latinos, mujeres, negros, etc.–, Estados Unidos seguirá siendo un país imperialista y continuará en su disputa con los demás imperialismos descargando sus políticas “proteccionistas” o “librecambistas” sobre los países dependientes como el nuestro y la clase obrera en todo el mundo.