Las movilizaciones no cesan

Movilizaciones y marchas por todos lados. Empezó contra el aumento en los transportes. “No es por centavos, es por derechos”, dicen los “indignados” brasileños. Embaten contra el sistema político oligárquico y corrupto. ¿Irrumpirá la clase obrera?

Tras dos semanas de protestas masivas (ver en nuestro blog), la presidenta Dilma Rousseff propuso que el Congreso convoque a un plebiscito para encarar una “profunda reforma política”; pero dio marcha atrás en su iniciativa —formulada apenas 24 horas antes— de llamar a una Asamblea Constituyente para discutirla.

Es que la sola perspectiva de abrir un debate de masas sobre el sistema político brasileño, oligárquico y corrupto hasta la médula, en medio de semejante revulsión social, puso los pelos de punta a los sectores oligárquicos y a todos los partidos parlamentarios, incluido el PT oficial que encabeza Lula. En sólo un día la propia Dilma renunció a la idea rechazada de plano entre otros por el vicepresidente Michel Temer. “Una constituyente es romper el orden jurídico, porque por más que sea específica, se abren muchos temas”, dijo el temeroso Temer.

Democracia no muy “participativa”.

Entonces intentarán que todo quede circunscripto a una lavada “consulta popular”, que recién se haría en octubre y sólo para “cuestiones específicas” definidas en conciliábulos previos por Dilma y dirigentes de los partidos aliados y opositores. A eso queda reducida la tan invocada “democracia participativa”: a una mera trenza entre el gobierno y algunos diputados, precisamente los que vienen imponiendo el rumbo contra el que se rebeló el pueblo brasileño.

Al cierre de esta edición las manifestaciones no cesaban. El martes 25, decenas de miles de jóvenes trabajadores y de capas medias marcharon en Río de Janeiro, Belo Horizonte, Sao Paulo y Goiania; aunque fueron menos que el jueves 20, cuando más de un millón de personas se volcaron a las calles exigiendo mejores servicios públicos y el fin de la corrupción y del derroche en estadios para la Copa Confederaciones, el Mundial 2014 y las Olimpíadas 2016 (en estos dos últimos eventos Brasil gastará 35.000 millones de dólares), y que se canalicen esos fondos a la salud y la educación públicas. El miércoles 26 hubo marchas en 18 ciudades del país, y más de 50.000 personas marcharon en Belo Horizonte hacia el estadio Mineirao antes del partido Brasil-Uruguay por la Copa Confederaciones en medio de una lluvia de gases policiales.

Tras el retiro del aumento en colectivos, trenes y subtes, el Congreso asustado aprobó en tiempo récord destinar el 75% y el 25% respectivamente de la renta petrolera a la educación y a la salud públicas, y acelerar aunque sea de palabra una ley anticorrupción.

¿Irrumpe la clase obrera?

El mismo miércoles 26 despuntaba un cambio cualitativo en la situación política y social brasileña: las cinco centrales sindicales en que está dividido el movimiento obrero convocaron conjuntamente a huelgas y movilizaciones para el jueves 11 de julio (aunque con una buena dosis de oportunismo y bien podrían terminar levantándolas). A la jornada se sumaría el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra.
Han emergido reclamos democráticos, por mayor presupuesto para salud y educación, el fin de los negociados y la ampliación de la red de transporte que utilizan los sectores populares. Si la clase obrera organizada pone sobre la mesa la superexplotación de los obreros industriales y del campesinado sin tierra, que constituyó la base del “milagro” neodesarrollista de Lula y Dilma, sin duda las movilizaciones y el contenido de sus reivindicaciones tomarán un nuevo color.

La cháchara sobre el “Brasil sexta potencia mundial”, miembro del grupo BRICS y aspirante a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, mantiene oculta la masiva expulsión de campesinos debido al retrógrado proceso de sojización que sufre el campo brasileño gracias a la alianza exportadora con China, y las condiciones semiesclavistas que imperan en las faraónicas represas del “Plan de Aceleración del Crecimiento” iniciado por Lula y continuado por Dilma al servicio de las grandes constructoras.

Y detrás del parloteo sobre que “el modelo sacó a millones de la pobreza” se esconden otros millones: los que se amontonan en las favelas de Río, acosados por el hambre, por el narco y por los planes de desalojo que diseñan el gobierno dilmista y las “desarrolladoras” inmobiliarias para expulsar a los pobres de la “cidade maravilhosa” y aprovechar los megaeventos para apoderarse de los morros y bahías para construir barrios de lujo o instalar —como ya se hizo en la bahía de Sepetiba— las grandes plantas de monopolios como Petrobras, las siderúrgicas Gerdau y TKCSA (de la alemana Thyssen-Krupp) y otros.

“O gigante acordou” (el gigante despertó).

Algunos afirman que los “disturbios” con que suelen terminar las marchas son atizados por ciertas fuerzas opositoras con vistas a las presidenciales de octubre del próximo año; o de fuerzas del narcotráfico que operan por fuera de sus acuerdos con el estado y con la policía. Es probable. Los monopolios de la comunicación pasaron a alentar las marchas destacando las consignas contra Dilma y contra la corrupción oficial. Por eso algunos defensores del “modelo” ya machacan la hipótesis de que hay una “escalada fascista” y “antiinstitucional” para desestabilizar al gobierno de Dilma.

Pero el gigante despertó. Como pasó en Turquía, por entre los aspectos confusos y hasta contradictorios de sus reclamos despunta un cuestionamiento profundo al sistema político oligárquico y corrupto sostenido no sólo por la derecha conservadora sino también por la “centroizquierda” petista, expresiones ambas de distintos agrupamientos de terratenientes y burgueses —industriales y banqueros— intermediarios de distintos imperialismos: es decir, de las clases dominantes brasileñas.

La continuidad de la represión pretende ser una advertencia a los millones que se movilizaron en estos días de que deberán limitar sus ansias de participación al “sí o no” del referéndum de octubre. Pero el genio se escapó de la botella, y no les será fácil volver a meterlo dentro.