“No justice, no peace!” (Si no hay justicia, no habrá paz)

El asesinato policial en vivo de George Floyd desató la furia del pueblo yanqui. No sólo de los “negros” afroamericanos, sino también de “blancos” y todos los colores. Y no sólo en Estados Unidos, sino también en Reino Unido, donde una movilización acaba de voltear una estatua del comerciante de esclavos Edward Colston (¿todavía se erigía en pleno siglo 21?). Y también en el resto de Europa, atravesada por el desprecio hacia los migrantes “ilegales” desde países que fueron colonias. Millones protestaron en Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, España, Suecia, Australia, Hungría, Finlandia, Brasil, Corea del Sur, India, Ghana, Kenia, Liberia, Nigeria y Sudáfrica, Canadá y en decenas de otros países. En todo el mundo resurgió la lucha antirracista. No en cualquier contexto, sino cuando el capitalismo más moderno se muestra incapaz de garantizar la salud y la economía ante la pandemia. Y cuando presidentes como Donald Trump piden nuestro sacrificio en pos de sostener sus ganancias.

Tenemos que retrotraernos a las movilizaciones contra la guerra de Vietnam, en Estados Unidos, para encontrar semejantes movilizaciones que se siguen produciendo en más de 600 ciudades. Patrulleros y comisarías en llamas muestran el odio acumulado por los abusos y crímenes policiales; a los cuales Floyd se sumó dejando con sus últimos alientos la frase que gritaron millones: “I can’t breath” (No puedo respirar). Junto al racismo materializado en la rodilla policial que lo mató, esta explosión social llevaba contenida la desocupación que alcanza a más de 40 millones de personas, en el contexto de una epidemia que ataca más a los más pobres. En particular, la población afroamericana es el 13% pero sus víctimas fatales alcanzan al 22%. El propio Floyd, “acusado” de llevar un billete falso de 20 dólares, tenía o había tenido Covid-19.

 

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Diversos discursos e intervenciones expresan el alcance histórico del movimiento desatado. “Hemos sido pacíficos durante más de 300 años”, le gritaba a un policía una joven madre afroamericana. “He perdido tres hermanos por esto”, agregó para luego exclamar: “¡No justice, no peace!” (Si no hay justicia, no habrá paz).

En el mismo sentido, el director de cine Spike Lee denunció: “Eso de que Estados Unidos es la cuna de la democracia es basura. Estados Unidos fue construida sobre el genocidio de nativos y sobre la esclavitud. Ésa es la fábrica de los Estados Unidos de América.” Efectivamente, el racismo surgió para pretender justificar el esclavismo y luego lo siguió sosteniendo el interés de la ganancia capitalista. Por eso el racismo es parte de la explotación de clases. Y por eso no es sólo un problema de Estados Unidos. Y Spike Lee lo recordó denunciando al KKK y a los nazis, que Trump eligió no denunciar.

Lo que sí había denunciado Trump es al movimiento Antifa (por antifacista), a quienes responsabilizó por la violencia callejera y propuso designar como “terroristas”. Luego, fue más explícito aún y, tras las movilizaciones que llegaron hasta la Casa “Blanca”, pretendió sacar al Ejército para contener las protestas. Pero hasta el secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, rechazó el pedido e incluso lo expresó públicamente.


En los últimos días el presidente ha tratado de aparecer crítico a los policías que mataron a Floyd. Pero no logra evitar sus permanentes provocaciones. Ahora, durante el anuncio de una leve baja de la desocupación, expresó: “Esperemos que George esté mirando hacia abajo en este momento y diciendo que esto es algo grandioso para nuestro país”. “Es un gran día para él. Es un gran día para todos”, dijo. Pero, cínicamente, el mismo informe señala también que el desempleo entre la población afroamericana subió.

La respuesta vino entonces de una sobrina de George Floyd, desde su propio funeral. “¿Cuándo ha sido Estados Unidos grandioso?”, exclamó Brooke Williams. “Esto no es un asesinato, es un crimen de odio”, denunció. El movimiento antirracista ha irrumpido. Y es parte de la lucha contra el imperialismo y la explotación.