El triunfo del banquero ultraliberal Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las presidenciales francesas el 7 de mayo llevó tranquilidad a los personeros de los monopolios industriales y bancarios de Francia y demás los países comunitarios ligados al entramado de la Unión Europea (UE). Después de la conmoción generada por el “Brexit” (la salida de Gran Bretaña de la UE) y la asunción de Donald Trump en Estados Unidos, la elección de Macron da un respiro a las corporaciones europeas partidarias de la “integración” frente a las tendencias proteccionistas que crecen en otros sectores monopolistas de todas las grandes potencias imperialistas desde el estallido de la crisis económica mundial en 2008.
¿Triunfo de la integración europea?
Pero con Macron no vendrán tiempos de optimismo, porque el panorama en Francia y en Europa en general sigue convulsionado por la crisis internacional y sus largos efectos. El crecimiento de la economía francesa es muy débil, apenas 1,1% en 2016. Todos los observadores políticos y académicos destacan el prolongado declive industrial: desde mediados de los ‘70 desaparecieron numerosas fábricas y la industria manufacturera perdió casi la mitad de sus trabajadores –de 5 millones a 2,7–, consecuencia de la “deslocalización” de muchas de esas industrias a Oriente o al Este europeo para aprovechar salarios más bajos y ventajas fiscales, y por la “tercerización” con que los empresarios buscan bajar sus costos. En Francia la desindustrialización se traduce en las deterioradas barriadas populares y en miles de jóvenes sin empleo que sobreviven delinquiendo o traficando…
La polarización electoral –generada por el miedo a “la derecha” (Le Pen), por el temor ante la ola de refugiados llegados del Medio Oriente a Europa occidental, y por la bifurcación que siempre generan las “segundas vueltas”, el gran invento del electoralismo burgués para forzar alineamientos y acomodar “mayorías”– borró del mapa del ballotage a otras opciones, entre ellas la del “centro-izquierdista” Jean-Luc Mélenchon. Ante la crisis y el ajuste liberal puesto en marcha por el socialdemócrata François Hollande, Mélenchon aparecía como alternativa “progresista” para una parte de los trabajadores y de las capas medias.
También la serie de atentados terroristas atribuidos al llamado “fundamentalismo islámico”, que sacudió a Francia desde principios de 2015 y que costó la vida de más de 200 personas, contribuyó a alinear tras la candidatura de Macron a una parte de la sociedad francesa que busca “seguridad”.
Con promesas de “lucha anticrisis” y de fidelidad a la unidad europea, al comercio multilateral y al mantenimiento del euro como moneda común, Macron sumó un rotundo 66% frente al 34% de Marine Le Pen. Pero pocos medios destacan la enorme abstención (no voto) del 25,4% –la más alta en medio siglo–, y el récord de 11,5% de votos en blanco y nulos: en total un 36,9%, bastante por encima del segundo lugar de Le Pen. Así se evidenció el masivo repudio a los partidos “tradicionales” –especialmente el Socialista y el Republicano que se alternaron en el gobierno de Francia durante cuatro décadas–, repudio que en buena medida incluye al propio Macron, ex ejecutivo de la banca Rothschild que durante dos años fue ministro de Economía del socialdemócrata Hollande y que debió tomar distancia y crear su propia agrupación etiquetándola como “independiente”.
En definitiva, 17 millones de franceses se negaron a optar entre dos programas –el de Macron y el de Le Pen–, que dentro o fuera de la Unión Europea auguraban parecidas políticas antipopulares y sólo favorables a unos u otros grandes grupos monopolistas.
“Las conquistas sociales no se tocan”
Marine Le Pen, vocera de posturas antiglobalización, proteccionistas, racistas, anti-musulmanas, antieuropeas y anti-moneda común volvió a perder como en 2012, pero pasó del 21,3% de la primera vuelta del 23 de abril, al 34% el 7 de mayo. Crecieron también en Francia las corrientes anti-integracionistas (la candidata del “Frente Nacional” postula la salida de Francia del bloque europeísta) y las tendencias fascistas –abiertas o disimuladas– que proliferan en las burguesías monopolistas europeas y arraigan en algunos sectores populares arrastrados por aquéllas. Otra evidencia –ahora desde la ultraderecha política– del profundo desencanto con la Unión Europea que ya se mostró hace una década con el fracaso sucesivo de dos proyectos de constitución de la UE. Por eso Macron promete “recrear el vínculo entre Europa y sus pueblos “.
Pero a las dirigencias imperialistas europeas les cuesta recrear sus propios vínculos, como se vio en las divergencias salidas inmediatamente a la luz entre Macron y la canciller alemana Ángela Merkel. El presidente electo de Francia propone mediante la emisión de eurobonos “repartir” entre los países de la UE la enorme deuda pública contraída con los billonarios “salvatajes” anticrisis, y a cambio promete realizar en Francia las consabidas reformas neoliberales y aplicar el ajustazo fiscal que Berlín le reclama a París desde hace años. Merkel saludó el triunfo de Macron, pero al día siguiente rechazó de plano sus propuestas; alguna vez ya dijo que “no habrá eurobonos mientras ella viva”. Ya próximas las elecciones alemanas de setiembre, Merkel hace buena letra ante una parte de la opinión pública alemana que se niega a seguir pagando los “gastos” del proyecto europeo, ocultando, desde luego, todo lo que la burguesía alemana se benefició de la integración europea y de la moneda única.
También es difícil que las burguesías monopolistas de la UE recreen su “vínculo con los pueblos”, ya que hace mucho que optaron por descargar sin piedad sobre éstos todo el peso de la crisis con ajustes flexibilizadores y hambreadores, desde Grecia hasta Alemania. Buena parte del pueblo francés dejó constancia de que votó al ultraliberal Macron sólo para cerrarle el paso a la fascista Le Pen, pero que no aceptará mansamente las medidas antipopulares que prepara el nuevo presidente. Ya al día siguiente de la elección, el lunes 8/5, miles de personas convocadas por los sindicatos manifestaron al grito de “las conquistas sociales no se tocan” en el centro de París y en ciudades como Nantes (oeste), Lyon (sureste), Grenoble (sureste), y Estrasburgo (noreste), con pancartas contra la precarización laboral y especialmente contra el proyecto de Macron de recortar las indemnizaciones por despido.





