Gorbachov y el sinceramiento de la restauración capitalista en la URSS

Gorbachov y Yeltsin.

Hace unos días recorrió las tapas de los diarios la noticia de la muerte de Mijail Gorbachov, último mandatario que tuvo la Unión Soviética, ocupando ese cargo desde 1985 hasta su disolución en 1991. Nacido en 1931, tenía 91 años. La prensa internacional presentó a Gorbachov como el “líder que quiso cambiar la cara de la URSS”, anticipando la supuesta apertura de Rusia hacia el capitalismo.

En realidad, como había analizado Mao Tse-tung, el capitalismo ya se había restaurado en la URSS muchas décadas antes. Tras el 20º Congreso del Partido Comunista de la URSS (PCUS) en 1956, que revisó las tesis básicas del marxismo-leninismo, la URSS vivió un proceso de restauración capitalista manteniendo una fachada socialista. Más aún, como denunció Mao, se convirtió en una potencia socialimperialista (socialista de palabra, imperialista en los hechos) que pasó a disputar el mundo con Estados Unidos. La invasión a Checoslovaquia en 1968 fue un ejemplo claro de este cambio. En la década del ‘70, incluso, llegó a ser la potencia más agresiva, en un momento de debilidad relativa de EEUU tras la derrota en Vietnam, la renuncia de Nixon y la crisis económica.

El retroceso del socialimperialismo ruso comenzó en la década del ’80, tras el fracaso de la invasión rusa a Afganistán y la agresividad desplegada por Reagan en el gobierno yanqui. A mediados de los ‘80 la URSS vivía una profunda crisis económica, con estancamiento y malestar social, y con corrupción en todos los niveles, producto de la política expansionista y explotadora de la nueva burguesía monopolista de Estado.

Fue en este marco que asumió Gorbachov que, más que transformar a la URSS, lo que empujó fue un sinceramiento sobre transformaciones que ya habían empezado hace décadas. De este modo lanzó las políticas de glasnost (liberalización, apertura, transparencia) y perestroika (reconstrucción). También buscó distender las relaciones con EEUU y Europa Occidental, lo que le valió, de parte de las grandes potencias, el Premio Nobel de la Paz en 1990.

No obstante, tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y las tendencias separatistas de varias repúblicas que conformaban la Unión Soviética, Gorbachov y la propia URSS no resistieron el embate. El fallido golpe de Estado en 1991 fue el puntapié para que Boris Yeltsin, mano derecha de Gorbachov hasta entonces y que encabezó el enfrentamiento de la asonada, se hiciera con el poder y lo desplazara de modo humillante. A las pocas semanas Yelsin decretó la disolución de la Unión Soviética y del PCUS. Si bien todo este proceso no fue más que un sinceramiento, la disolución de la URSS (sumada a la restauración del capitalismo en China a partir de 1978) fue usada por las usinas proimperialistas para alimentar una feroz ola anticomunista y declarar el triunfo definitivo del capitalismo y “el fin de la historia”. Las décadas posteriores demostraron que la historia lejos está de haberse terminado.


Otro sinceramiento: el apoyo de la URSS a la dictadura
argentina

En su visita a la Argentina en 1992, Gorbachov sinceró también el apoyo que mantuvo la URSS hacia la dictadura argentina instaurada en 1976: otra muestra de su carácter socialimperialista y de las consecuencias de este cambio en nuestro país. Entrevistado entonces por Mariano Grondona, Gorbachov reconoció que la URSS “no defendió en voz alta los derechos humanos en la Argentina” y que “bastaba con que EEUU apoyara la dictadura en un país (como Pinochet en Chile) para que la URSS la apoyara en otro”.