9 de Julio de 1816: Audacia independentista en un contexto adverso

Cierta historiografía liberal planteó, durante mucho tiempo, a la Revolución de Mayo y la posterior Independencia como una consecuencia mecánica de un hecho externo: la caída de la Junta de Sevilla por la invasión napoleónica en 1810, que habría forzado a los criollos a “improvisar” un gobierno propio. Este enfoque restó importancia a las acciones subjetivas y la dureza de la guerra de catorce años llevada adelante por los y las miles que protagonizaron la gesta independentista.

Cabe resaltar en este sentido que, si bien en 1810 la Corona española estuvo en crisis, desde 1815 la situación europea y sudamericana había pasado a ser muy distinta. Con la derrota de Napoleón, se vivió un proceso de restauración conservadora que atravesó el Viejo Continente en su conjunto. El Congreso de Viena selló la Santa Alianza entre las monarquías europeas restauradas, que durante varios años congelaron las transformaciones que había abierto la Revolución Francesa.

En este marco, Fernando VII regresó al trono de España y los reforzados ejércitos realistas avanzaban aplastando los procesos revolucionarios en todo el continente americano. Bolívar había sido derrotado en Venezuela y Colombia, lo mismo que José María Morelos en México. En noviembre de 1815, en la batalla de Sipe Sipe en el Alto Perú, los realistas habían vencido a las fuerzas al mando de Rondeau, sellando la pérdida definitiva de este territorio. Sólo la guerra gaucha conducida por Martín de Güemes quedaba en el norte defendiendo la frontera de un avance de los españoles. José de San Martín se encontraba en Cuyo preparando la expedición libertadora a través de los Andes.

En este turbulento escenario es que el Directorio convocó al Congreso de Tucumán en 1816. La declaración de la Independencia aparece entonces, no como un acto más de un proceso “natural”, sino como un gesto audaz y decidido, en momentos muy difíciles, en el sentido de profundizar la lucha emancipadora. La posición de San Martín y Manuel Belgrano fue sin dudas clave en la determinación de la independencia. “¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia? ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo?”, escribió San Martín en una carta a uno de los diputados de Cuyo en aquel 1816.

El proceso independentista había opuesto a la Corona Española, los realistas y sus aliados, frente a un amplio abanico de fuerzas antiespañolas. Dentro de este frente coexistían proyectos en pugna, como expresaban las polémicas entre el proyecto federal y de mayor reforma social de Gervasio Artigas, y los objetivos unitarios y elitistas de terratenientes y comerciantes de Buenos Aires. También en relación a la cuestión de la Independencia se habían manifestado posiciones disímiles. En 1815, mientras San Martín planteaba que había llegado “la hora de los verdaderos patriotas” y reducía todos los sueldos de los funcionarios a la mitad para destinar más fondos a la guerra, Carlos M. Alvear, a cargo entonces del Directorio, sostenía que: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes y vivir bajo su influjo poderoso”.

El Congreso de Tucumán inició sus sesiones en marzo de 1816 con la presencia de 33 diputados en representación de 13 provincias. Paraguay y las provincias de la Liga de los Pueblos Libres lideradas por Artigas (salvo Córdoba) decidieron no concurrir. La disputa en torno a la decisión independentista se plasmó en la propia redacción del texto. En la formulación original de la declaración realizada el 9 de Julio se proclamaba “que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Pero recién días después, por la insistencia de algunos diputados, el día 19 se le agregó: “y de toda otra dominación extranjera”.

La Declaración de Independencia del Congreso de Tucumán, con sus alcances y sus límites, tuvo una gran importancia para reafirmar la Revolución de Independencia en un momento sumamente adverso, tanto en el Río de la Plata como en el resto de Latinoamérica. Fue la definición que necesitaba San Martín para emprenderse en el Cruce de los Andes para liberar Chile; y luego Perú. No obstante, la Guerra no se detuvo allí, sino que duró casi una década más, hasta la derrota definitiva de las fuerzas coloniales en la Batalla de Ayacucho de 1824.